27 de febrero de 2010

Aquellos años maravillosos



No bien los ochentas empezaron a cabecearse, la adolescencia de aquellos años y su deseo sexual despertaron. Ya no se estaba para corear canciones de Yola Polastri, incluyendo la mímica del telefonito es…No existía la necesidad de que los padres, llamada tras llamada, advirtieran a sus vozarrones hijos que en la próxima década no saltasen en los muebles mientras veían a las Nubeluz. Los afiebrados adolescentes empezaron a lucir como Pablito Ruiz, por eso Godos y Chesco incluyeron en sus catálogos al corte hongo que combinaba con el aretito de cruz. Las chicas, aparte de soñar con el autor de la Malagueña, anhelaban tener los dotes artísticos de la Paquita Peruana. La niñez dejó de chillar, y los elepés de Parchís y el libro Coquito se guardaron en la caja que con plumón advertía; RECUERDOS.

LA NUEVA ADOLESCENCIA
Los cuadernos se convirtieron en la carta de presentación. Ellos los adornaban con portadas de revistas Bravo o con papel periódico. Ellas, con fotos de los New Kids On The Block o de Jon Bon Jovi. Se llenó slams en donde se preguntaba cuál es tu cantante favorito, tu media naranja, qué harías por amor; etc. cuyas hojas de cuaderno Popular terminaban con la frase“+ amor, - odio, amigos x siempre, amor / entre los dos”. Y así como en la niñez, personajes como los globalizados de La Warner BROS, que brincaban en las paredes del salón y que bajaron para ocupar las cartucheras en las que presionabas un botón y salía un compartimiento para tijeras, otro para la goma, lápices, en la adolescencia los personajes de “Salvados por la campana” ocuparon las portadas de los Trapper Kipper.

Los jovencitos no bien almorzaban se dirigían a sus dormitorios cuyas paredes estaban colmadas de posters. Reposaban con el walkman; en casetes se grababan los éxitos de la radio; agarrar la canción sin la voz del DJ era una acrobacia: esa era la novedad que había dejado atrás al long play. La música satisfacía a todo el mundo: se grabaron más vídeos musicales que podían reproducirse en Betamax, pero si había dinero se encargaba un VHS de Miami o Japón.

LAS FIESTAS
Los sábados por la noche eran de fiebre, solo luego de guardar la Enciclopedia Nueva o el Baldor. Ellos vestían pantalón Lee desteñido y polo Summer of 69. Las zapatillas fueron el rostro de todo adolescente, marcaban la personalidad y hasta un estatus social. La estratificación iba desde las Troop, Layers, Convers, y las excelsas Reebok Clásicas. Algunos modelos tenían capsulas de aire en la plantilla, lenguas inflables, y hasta luces. Y así hubieran costado más de cuatrocientos o menos de cien soles, todas tenían que “silbar” al momento de refregarlas contra el piso. Y si esto no ocurría, se había caído en falsas promesas mediáticas, así como los zapatos de He-man con los que todo niño había sido embaucado gracias a las propagandas de Bata, en donde se veía que los zapatos botaban fuego y elevaban hasta las nubes a un chiquillo que había hecho berrinches a su padres hasta obtenerlos, y todo eso gracias al poder de Grayskull.

En las fiestas, así como el chicle Dos en uno de envoltura larga y rosada, fue infaltable el Meneito, y a pesar de que no podía bailarse también ponían canciones de Locomía. Y como si la Sociedad Protectora de Animales hubiera decido trasmitir valores apareció El baile del perrito, El baile del pato, y hasta El baile del mono, dudoso. Los pachangueros prefirieron graznar en los conciertos de Los no se quien. “Llaman a la puerta”, de Tierra Sur, protestó religiosamente contra los evangélicos. Y los que querían salir del español escucharon los technos que invadieron los lados A y B de los casetes, y que los más privilegiados ya empezaban a escuchar en “disc compact”. Otros prefirieron la voz ronca de Kurt Cobain. Los noventas también fueron de Jordy, un niño francés que por vender diez millones de discos fue difícil creerle su canción “Qué difícil es ser bebe”

LA PROMOCIÓN
Mientras los padres veían; Un mensaje a la conciencia, con el Padre Pablo; Fantástico o El baúl de la felicidad, sus hijos que ya eran “promoción” les suplicaban permiso para el viaje; Cuzco ya era una maravilla que debía plasmarse. Una fotito con la chompa de lana y el chuyo –y a jalar el rodillo- mostrando retazos incas –y otra vez a jalar la ruedilla- al lado de algún auquénido –y a comprar otro rollito Kodak de 24 tomas. También se estilaba venir con una trencita rasta en el cabello, símbolo de haber pasado por las calles serranas llenas de artesanos jipis.

El Jipy Jay era lo último que sonaba en las fiestas de promoción. Todos cantaban afiebrados en los patios del colegio, ahí donde hace muchos años cantaron Pinocho, La rana Cucú o Pimpón, iconos didácticos que enseñaban a lavarse las manos, a mantenerse en silencio, las estaciones del año, y hasta la forma correcta de saludar. Así, con la canción de Pepe Vásquez se despedía la promoción, pero no era más que un breve adiós, pues hasta hoy suena en los reencuentros, y es que el Jipy Jay significa un adiós a nuestra adolescencia.

Internet aún no venía a Perú. Todos se preguntaron por el futuro; se dijo que el fin del mundo sería el 6 de junio de 1996 sin imaginar que exactamente diez años después se diría lo mismo; que el anticristo había nacido y estaba con nosotros; y se tejió la teoría que en el año 2000 las computadoras se alocarían. Se dijo de todo, pero nadie tenía la predicción exacta. Mucho menos se pensó que algún día un objeto rectangular y delgado, que se llamaría USB, pudiera guardar un documento y fotos para una crónica, nadie; ni siquiera yo.


  • Publicado en Correo.

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